Tendencias de Enfermería 2(6) 2026

DOI: 10.56533/XTMR7285

https://doi.org/10.56533/XTMR7285

Editorial

La enfermería vive un momento de especial exigencia. No se trata solo de una cuestión de carga asistencial, falta de profesionales o aumento de la demanda sanitaria, aunque todos estos factores formen parte del escenario actual. El verdadero reto es más profundo: cuidar se ha vuelto cada vez más complejo. Los pacientes llegan a los servicios sanitarios con más edad, más enfermedades crónicas, más tratamientos simultáneos, más dependencia funcional y, en muchos casos, con una red familiar más frágil. Esta realidad obliga a mirar la práctica enfermera no como una sucesión de técnicas, sino como una intervención clínica constante, organizada y decisiva.

Durante mucho tiempo, una parte de la sociedad ha entendido la enfermería desde una mirada reducida, vinculada a tareas visibles, como administrar medicación, realizar curas, tomar constantes o acompañar al médico en determinados procedimientos. Sin embargo, la práctica diaria demuestra algo muy distinto. La enfermera observa, interpreta, anticipa, decide, educa, registra, coordina y evalúa. Su trabajo no se limita a ejecutar indicaciones, sino que sostiene una parte fundamental de la seguridad del paciente. Muchas complicaciones se detectan antes por una enfermera que por cualquier prueba complementaria, porque el cuidado directo permite reconocer cambios sutiles que no siempre aparecen en una analítica, una radiografía o un informe clínico.

En este sentido, la enfermería ocupa un lugar privilegiado dentro del sistema sanitario. Está presente en la consulta, en la hospitalización, en el quirófano, en urgencias, en cuidados intensivos, en atención primaria, en salud mental, en el domicilio y en los centros sociosanitarios. Esa presencia continua permite algo que resulta esencial en la asistencia actual: dar coherencia a procesos que a menudo están fragmentados. El paciente puede pasar por diferentes profesionales, servicios y niveles asistenciales, pero necesita que alguien mantenga una visión global de sus necesidades. La enfermería, por su contacto directo y sostenido, está en una posición especialmente adecuada para asumir ese papel.

También es necesario reconocer que cuidar no significa únicamente atender necesidades físicas. La enfermedad afecta al cuerpo, pero también modifica la autonomía, la autoestima, la relación con la familia, la forma de afrontar el futuro y la percepción de seguridad. Una cura técnicamente correcta puede ser insuficiente si el paciente no entiende lo que le ocurre, si tiene miedo, si no sabe cómo continuar los cuidados en casa o si no cuenta con apoyo suficiente. Por eso, la educación sanitaria, la comunicación comprensible y la escucha siguen siendo herramientas clínicas de primer nivel. No son complementos amables del cuidado, sino intervenciones que pueden reducir errores, mejorar la adherencia y favorecer mejores resultados.

El desarrollo tecnológico tampoco disminuye la importancia de la enfermería, sino que la hace aún más necesaria. La monitorización avanzada, la historia clínica digital, los sistemas de alerta, la inteligencia artificial y los nuevos dispositivos asistenciales pueden aportar información valiosa, pero no sustituyen el juicio profesional. Los datos necesitan interpretación, contexto y prudencia. Una alarma no siempre significa gravedad y un valor aparentemente normal no siempre indica estabilidad. La enfermera integra información objetiva con observación directa, conocimiento del paciente y experiencia clínica. Esa combinación es difícil de reemplazar, porque nace de una relación asistencial cercana y continuada.

Ahora bien, para que la enfermería pueda responder a esta complejidad, necesita condiciones adecuadas. No basta con apelar a la vocación, porque la vocación no compensa plantillas insuficientes, turnos sobrecargados, falta de tiempo para educar al paciente o escaso reconocimiento profesional. Cuidar bien requiere tiempo, formación, liderazgo, investigación, estabilidad y participación real en la toma de decisiones. La calidad asistencial no puede sostenerse únicamente sobre el esfuerzo individual de profesionales que, con frecuencia, trabajan al límite de sus posibilidades.

Las revistas científicas de enfermería tienen aquí una responsabilidad importante. Publicar experiencias, investigaciones, revisiones, casos clínicos y reflexiones profesionales ayuda a visibilizar el conocimiento enfermero y a construir una práctica más fundamentada. Cada artículo aporta una parte de ese proceso colectivo: mejora la atención, cuestiona rutinas, comparte aprendizajes y permite que el cuidado deje de ser una actividad silenciosa para convertirse en conocimiento comunicado.

Este número nace precisamente de esa convicción. La enfermería no solo acompaña los cambios del sistema sanitario, sino que participa activamente en ellos. En un tiempo marcado por la complejidad clínica, la presión asistencial y la transformación tecnológica, cuidar sigue siendo una de las acciones más humanas y, al mismo tiempo, más técnicas de la atención sanitaria. Reconocerlo no es un gesto simbólico, sino una necesidad para construir servicios de salud más seguros, más eficaces y más cercanos a las personas.

Isabel Rosa Galera Pérez

Directora

Autor para correspondencia: Isabel Rosa Galera Pérez
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DOI: 10.56533/XTMR7285