Tendencias de Enfermería 2(6) 2026

DOI: 10.56533/EPED5863

https://doi.org/10.56533/EPED5863

Revisión

Bienestar comunitario como eje en el cuidado de adultos mayores con demencia

Ángel Perea Díaz a

a Trabajador Social, Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería, Málaga, España. Presidente de la Asociación Recreativa y Cultural Prost!

Recibido el 12 de abril de 2026. Aceptado el 19 de abril de 2026.
Disponible en Internet el 30 de abril de 2026.

Resumen

Introducción: el deterioro cognitivo asociado a la vejez percibido o clínicamente medido se ha convertido en un asunto de salud pública de primer orden; por lo que cabe destacar que las cifras hablan por sí solas. Tanto el deterioro cognitivo leve (DCL) como el deterioro subjetivo de la memoria aparecen con elevada frecuencia, ya sea a nivel comunitario o en centros residenciales. A menudo, estas condiciones anuncian un descenso palpable en la calidad de vida, una escalada de la dependencia y, con frecuencia, un desenlace más temprano. Objetivo: describir el papel de la enfermería ante el declive cognitivo en personas mayores, poniendo el foco en la detección precoz, el cuidado centrado en la persona y las intervenciones no farmacológicas basadas en la evidencia. Método: el presente artículo realiza una revisión narrativa de la literatura de los últimos cuatro años. Resultados: las consecuencias de la demencia no son inevitables. Factores modificables, como la fragilidad o la depresión, la falta de actividad física o el insomnio, la soledad, el bajo nivel educativo o los estilos de vida perjudiciales, actúan silenciosamente en el proceso. En la discusión se confrontan estos hallazgos con la línea de trabajo » Bienestar comunitario como eje en el cuidado de adultos mayores con demencia», analizando sinergias y tensiones entre un modelo predominantemente clínico-asistencial y un enfoque comunitario y salutogénico. Conclusión: la enfermería tiene un papel insustituible: detectar a tiempo, clasificar el riesgo, intervenir antes del deterioro irreversible. Su ámbito rebasa la mera atención clínica. Conjugando movimiento, estimulación mental, redes de apoyo y educación sanitaria, la práctica enfermera se convierte en un vector de bienestar comunitario.

Palabras clave: adultos mayores; deterioro cognitivo; demencia; calidad de vida; enfermería.

Abstract

Introduction: Cognitive decline associated with aging, whether perceived or clinically measured, has become a major public health issue; the figures speak for themselves. Both mild cognitive impairment (MCI) and subjective memory impairment are frequently observed, both in the community and in residential care facilities. These conditions often signal a noticeable decline in quality of life, increased dependency, and frequently, an earlier death. Objective: To describe the role of nursing in addressing cognitive decline in older adults, focusing on early detection, person-centered care, and evidence-based non-pharmacological interventions. Method: This article presents a narrative review of the literature from the last four years. Results: The consequences of dementia are not inevitable. Modifiable factors, such as frailty or depression, lack of physical activity or insomnia, loneliness, low educational attainment, or unhealthy lifestyles, silently influence the process. The discussion compares these findings with the research line «Community Well-being as a Core Element in the Care of Older Adults with Dementia,» analyzing synergies and tensions between a predominantly clinical-care model and a community-based, salutogenic approach. Conclusion: Nursing plays an irreplaceable role: early detection, risk assessment, and intervention before irreversible decline. Its scope extends beyond mere clinical care. By combining movement, mental stimulation, support networks, and health education, nursing practice becomes a driver of community well-being.

Keywords: older Adults; Cognitive Impairment; Dementia; Quality of Life; Nursing.

Autor para correspondencia: Ángel Perea Díaz
Correo electrónico: angel-perea@hotmail.es
Link artículo: https://doi.org/10.56533/EPED5863
DOI: 10.56533/EPED5863

En los grupos de mayor edad y, de forma muy visible, en los entornos residenciales, el envejecimiento poblacional se traduce en una carga creciente de deterioro cognitivo y demencia. No se trata solo de un fenómeno cuantitativo; el deterioro cognitivo leve, situado entre el envejecimiento normal y la demencia, representa un estadio intermedio con un riesgo anual de progresión superior al de quienes no presentan alteración cognitiva. Y hay un punto previo, lo cual es muy importante para la prevención, el deterioro cognitivo subjetivo que puede preceder a las alteraciones objetivables en las pruebas se ha reconocido como fase preclínica relevante1.

La prevalencia de deterioro cognitivo y de quejas subjetivas de memoria en mayores que viven en la comunidad y en residencias es alta. En algunos contextos, supera el 40%; además, se incrementa claramente con la edad, como en entornos latinoamericanos y europeos de habla hispana se han documentado asociaciones consistentes entre deterioro cognitivo, peor bienestar, aumento del riesgo de caídas, menor autonomía funcional y peor calidad de vida2. Esta realidad convierte el declive cognitivo en un eje prioritario para la atención de enfermería tanto en atención primaria como en cuidados de larga duración y hospitales.

En los últimos años, sin embargo, ha emergido y se ha afianzado un cuerpo de evidencia que respalda la eficacia de diversas intervenciones no farmacológicas; entre ellas destacan el ejercicio físico, la estimulación cognitiva, la musicoterapia, la reminiscencia, las intervenciones multicomponente y los programas comunitarios de envejecimiento saludable orientadas a mantener o mejorar el rendimiento cognitivo y el bienestar psicosocial en personas mayores con y sin deterioro Cáceres et al.2. Asimismo, el hecho de que muchas de estas estrategias estén lideradas o colideradas por personal de enfermería enfatiza la urgencia de replantear y ampliar su rol, otorgándole un lugar central en el diseño y la implementación de dichas intervenciones.

A partir de este escenario, el artículo se organiza en torno a tres ejes interrelacionados, que funcionan a la vez como objetivos. Primero, aspira a sintetizar la evidencia reciente sobre factores de riesgo y predictores de declive cognitivo que resultan especialmente pertinentes para la toma de decisiones en la práctica enfermera. Después, se detiene en la descripción de las intervenciones no farmacológicas basadas en la evidencia en las que la enfermería ocupa un lugar central, ya sea como motor del diseño, como agente ejecutor o como pieza clave en la evaluación de su impacto. Y, en un tercer movimiento, se abre una discusión sobre cómo el enfoque de “promoción del bienestar en la tercera edad a través de la educación y la comunidad” dialoga con la respuesta de enfermería frente al declive cognitivo: la complementa, amplificando sus posibilidades de acción; pero también la tensiona, al obligar a repensar, de manera crítica, las fronteras entre cuidado clínico, educación para la salud y participación comunitaria.

Métodos

Diseño

La presente revisión se planteó como una revisión narrativa con orientación crítica, adecuada para integrar evidencia heterogénea acerca del declive cognitivo en la vejez y del papel de la enfermería en su abordaje clínico y comunitario. La finalidad consistió en reconstruir -con criterio analítico- un marco interpretativo capaz de responder a los objetivos del artículo; el cual está orientado en examinar los factores asociados al deterioro cognitivo en personas mayores, identificar intervenciones enfermeras sustentadas por la evidencia y valorar su proyección hacia la promoción del bienestar en el entorno comunitario.

La búsqueda bibliográfica se llevó a cabo en bases de datos biomédicas y multidisciplinares de amplia utilización en ciencias de la salud, junto con revistas especializadas en enfermería, gerontología y salud pública. Se priorizaron publicaciones en inglés -lengua mayoritaria del corpus analizado- y en español, empleado de forma complementaria para incorporar aportaciones relevantes en el ámbito hispanohablante.

En cuanto al marco temporal, se concedió preferencia a la literatura publicada desde 2022 a 2025, sin excluir referencias anteriores cuando su valor conceptual o metodológico resultaba necesario para sostener la argumentación. Asimismo, se conservaron algunas fuentes sin fecha explícita, siempre que su utilización quede relacionada con una función documental o contextual y no comprometiera la solidez de la exposición. Esta decisión -lejos de ser arbitraria- obedeció a un criterio de pertinencia científica como es que la fecha de publicación orienta la actualidad del conocimiento, pero no agota por sí sola su valor explicativo.

La estrategia de búsqueda se construyó mediante descriptores controlados y términos libres relacionados con el declive cognitivo, el deterioro cognitivo leve, la demencia, la fragilidad cognitiva, la enfermería, la persona mayor, las intervenciones no farmacológicas, la educación para la salud, la promoción del bienestar y la comunidad. La combinación de términos permitió recuperar estudios observacionales, revisiones sistemáticas, ensayos clínicos y propuestas de intervención con implicación directa para la práctica enfermera. Se evitó restringir la búsqueda a un único diseño, porque el objeto de estudio exige contemplar tanto la eficacia de intervenciones concretas como los marcos teóricos y asistenciales en los que dichas intervenciones se insertan.

Se incluyeron trabajos centrados en población de edad avanzada que aportaran resultados sobre dimensiones cognitivas, funcionales, emocionales, relacionales o de calidad de vida, siempre que su contenido permitiera extraer implicaciones para la práctica clínica, la atención primaria, los cuidados de larga duración o la intervención comunitaria. Se descartaron los estudios sin conexión clara con la enfermería o con la temática del declive cognitivo, así como aquellos cuya escasa precisión metodológica impedía una interpretación prudente de sus hallazgos.

La lectura crítica de los textos se realizó atendiendo a la coherencia interna de cada estudio, la correspondencia entre objetivos, diseño y resultados, la consistencia de los hallazgos y su posible transferibilidad al contexto asistencial. No se persiguió una síntesis cuantitativa, dado el carácter narrativo de la revisión y la heterogeneidad de los diseños incluidos. En su lugar, se optó por una síntesis temática organizada en tres núcleos: epidemiología y factores de riesgo, intervención enfermera ante el declive cognitivo y estrategias de promoción del bienestar en el ámbito comunitario.

Este procedimiento metodológico permitió articular una revisión rigurosa, coherente con los objetivos del artículo y con la naturaleza del problema estudiado. Al mismo tiempo, favoreció una lectura integradora de la evidencia, sin forzar una homogeneidad artificial entre estudios distintos, y reforzó la conexión entre la atención clínica y la dimensión comunitaria del cuidado enfermero en la tercera edad.

Resultados

Epidemiología y predictores de declive cognitivo en la vejez

  • Prevalencia en residencias y comunidad

La prevalencia global de deterioro cognitivo leve en centros de larga estancia fue estimada como elevada por una revisión sistemática y un metaanálisis que integraron 53 estudios y más de 370 000 residentes. No se trató de una cifra uniforme: hubo variabilidad entre países, y la estimación se relacionó con variables como la edad, el sexo y el nivel de dependencia funcional. En población comunitaria asiática, además, los estudios recientes han mostrado prevalencias cercanas al 50% de deterioro cognitivo subjetivo en mayores de 60 años. Son más altas en mujeres, y también en los grupos de edad más avanzada3.

En los entornos hispanohablantes, las investigaciones transversales sobre deterioro cognitivo han puesto de manifiesto tanto prevalencias relevantes como su estrecha vinculación con caídas, desempeño de la función física, bienestar y factores de riesgo cardiovasculares. Cuando este conocimiento se traslada a la práctica de la atención primaria urbana, los resultados son especialmente llamativos: en un estudio de cribado poblacional con 161 personas mayores de 65 años sin diagnóstico previo, una evaluación interdisciplinar identificó deterioro cognitivo leve o demencia en el 10% de los participantes, lo que subraya hasta qué punto el problema permanece infradiagnosticado en las consultas habituales4.

  • Factores de riesgo y fragilidad cognitiva

La fragilidad cognitiva, en términos estrictos, alude a la coexistencia de fragilidad física y deterioro cognitivo sin demencia. Se ha propuesto, por ello, como un constructo clínico útil para detectar a mayores con un riesgo alto de dependencia y de eventos adversos. Y no es un matiz menor: una revisión sistemática y metaanálisis situó la depresión y los problemas de sueño entre los factores modificables asociados, con una asociación que indica un incremento cercano a tres veces en la probabilidad del evento respecto de los mayores sin esas condiciones.

En población mayor, la fragilidad física no aparece aislada ya suele estar asocia con peor desempeño lingüístico y con menor capacidad para las actividades instrumentales de la vida diaria, lo que refuerza la interdependencia entre función física, lenguaje y cognición5. Asimismo, Moreno-Noguez et al.6 han mostrado que el tabaquismo crónico y la enfermedad vascular se relacionan con mayor probabilidad de deterioro cognitivo grave en personas mayores; lo que refuerza la necesidad de un control sostenido de los factores de riesgo cardiovascular a lo largo del curso vital.

En personas de 65 años o más, un estudio transversal puso de manifiesto que diversos factores demográficos y clínicos se asocian al deterioro cognitivo, confirmando el impacto de la edad avanzada, el bajo nivel educativo, la presencia de comorbilidades y ciertos estilos de vida sobre el rendimiento cognitivo. A ello se suman revisiones sobre predictores de declive cognitivo en recursos de larga duración, que destacan el papel de comorbilidades, polifarmacia, depresión y baja participación en actividades significativas como componentes clave en la evolución cognitiva de los residentes6.

  • Apoyo social, bienestar y relaciones intergeneracionales

Pensar la vejez únicamente desde el deterioro o la enfermedad deja fuera una parte esencial del cuadro; como la red de apoyos y los vínculos entre generaciones. Es en ese tejido quién acompaña, cómo se habla, qué tipo de soporte circula en la familia donde el apoyo social y las relaciones intergeneracionales se vuelven determinantes de la salud cognitiva y del bienestar percibido. Una revisión sistemática desarrollada en países del este asiático según Sharifi et al.7, mostró que las relaciones de apoyo emocional entre padres e hijos adultos, junto a una comunicación bidireccional viva, se asociaban con mejor rendimiento cognitivo en las personas mayores, lo que sugiere un posible efecto protector del soporte familiar frente al declive.

En otro escenario sociocultural, la investigación con población mayor ha ido dibujando un mapa en el que bienestar, estrategias de afrontamiento, nivel de actividad física y deterioro cognitivo leve aparecen estrechamente relacionados8. Estos estudios indican que la combinación de menor actividad física y determinadas formas de afrontamiento desadaptativas se vincula a un peor bienestar en mayores con deterioro; paralelamente, describen patrones diferenciales de regulación emocional en personas mayores con y sin deterioro cognitivo, abriendo explícitamente la posibilidad de intervenciones personalizadas dirigidas a reforzar estrategias cognitivas y emocionales más adaptativas.

Desde esta perspectiva, el mensaje que se desprende para la práctica enfermera no resulta simplemente relevante, sino claramente exigente por lo que la valoración integral de la persona mayor con riesgo o presencia de declive cognitivo no puede limitarse, por tanto, a registrar variables clínicas o funcionales, ya que esa aproximación, aunque necesaria, resulta insuficiente para comprender su situación. Por el contrario, ha de integrar de forma deliberada y sistemática dimensiones biomédicas, funcionales, emocionales y sociales, de modo que sea posible captar la complejidad real de su experiencia de salud y, en consecuencia, orientar intervenciones que reconozcan el importante papel del apoyo social, el bienestar subjetivo y las relaciones intergeneracionales.

Rol de la enfermería en la detección y el abordaje clínico del declive cognitivo

  • Cribado precoz y estratificación del riesgo en atención primaria

La puerta de entrada es clara: la atención primaria constituye el punto privilegiado para captar de forma temprana el deterioro cognitivo. Esto resulta especialmente cierto en aquellas personas que, sin verbalizar quejas ni mostrar síntomas evidentes, acuden a consulta por motivos aparentemente ajenos a la esfera cognitiva, y es precisamente ahí donde experiencias recientes de cribado poblacional, articuladas mediante la colaboración entre enfermería de atención primaria y unidades hospitalarias de trastornos cognitivos, han demostrado que la aplicación sistemática de instrumentos breves como el MoCA o el test del dibujo del reloj, junto con escalas de riesgo vascular, permite identificar una proporción significativa de casos que hasta entonces permanecían sin diagnóstico formal9.

Para la enfermería, el cribado no se agota en el momento en que se administra un test cognitivo sino que más bien, se integra en una evaluación amplia que considera de forma simultánea las comorbilidades presentes, la medicación con potencial iatrogénico, el estado de ánimo, la calidad del sueño, la actividad física, el soporte social disponible y el grado de capacidad funcional, de modo que esta lectura conjunta del cuadro clínico facilita la estratificación del riesgo y abre la posibilidad de planificar, en concertación con medicina de familia y trabajo social, intervenciones adaptadas al contexto concreto de cada persona y a las exigencias de su entorno cuidador10.

En aquellos contextos donde el riesgo es elevado, el escenario cambia de escala y la práctica enfermera se sitúa en un entorno tecnológicamente más denso. Se están ensayando modelos que combinan tecnologías portátiles, biomarcadores y técnicas de imagen para alcanzar un diagnóstico precoz de fibrilación auricular, ictus silente y deterioro cognitivo en población de alto riesgo atendida en primaria, y esta integración de recursos, lejos de ser un añadido accesorio, pone en evidencia la transformación del rol de enfermería hacia una función crecientemente compleja en términos tecnológicos dentro de la atención primaria11.

  • Enfermería y cuidados de larga duración

Para Reyes et al.12, en residencias y centros de larga estancia, las enfermeras asumen una función nuclear ya que detectan y siguen los cambios cognitivos, conductuales y funcionales; previenen, además, complicaciones tan frecuentes como las caídas, el delirio, la malnutrición o el síndrome de inmovilidad. Cuando el deterioro cognitivo aumenta, también lo hace el riesgo de caídas en adultos mayores institucionalizados. Por eso resulta imprescindible diseñar planes de cuidados que, sin fragmentar la intervención, integren la valoración del equilibrio, la marcha y el entorno físico con estrategias educativas para residentes y cuidadores.

Las revisiones sobre resultados hospitalarios en personas mayores con deterioro cognitivo dibujan un patrón muy consistente: estancias más largas, mayor incidencia de delirium, peor recuperación funcional y más institucionalización tras el alta. A partir de ahí, la implicación clínica es clara; por lo que se necesitan cuidados de enfermería específicos durante la hospitalización, con prevención del delirio, orientación espaciotemporal, movilización precoz y participación del cuidador principal13.

  • Ampliación de roles y cuidados centrados en la persona con deterioro cognitivo

La tendencia internacional es clara ya que se orienta hacia una ampliación de los roles de enfermería con la finalidad de proporcionar cuidados centrados en la persona a individuos con deterioro cognitivo, sobre todo en entornos de alta complejidad, como los hospitales de agudos. Y no se trata solo de una declaración general sino de un protocolo reciente describe una intervención compleja, liderada por personal de enfermería de práctica avanzada en unidades de hospitalización médica, diseñada para promover la atención centrada en la persona, reforzar la comunicación con pacientes con deterioro cognitivo y con sus familiares, y disminuir los eventos adversos asociados a la hospitalización.

La base de estas intervenciones está en competencias avanzadas de valoración geriátrica integral, gestión de casos, liderazgo clínico y trabajo interdisciplinar13. Y, por eso mismo, también consolidan el papel de la enfermería como agente de cambio organizativo en la mejora de la atención a personas con deterioro cognitivo. Pero no basta con ampliar funciones; por lo que es necesario formar a las enfermeras en geriatría, demencias, comunicación y ética del cuidado, y asegurar además el soporte institucional que permita la sostenibilidad de estos modelos.

Discusión: articulación entre el abordaje enfermero del declive cognitivo y la promoción comunitaria del bienestar

La evidencia disponible confirma que el declive cognitivo en la vejez es un proceso heterogéneo, modulable y profundamente atravesado por determinantes biológicos, psicológicos, sociales y ambientales; lo cual obliga a superar miradas lineales centradas en la lesión cerebral o en la edad cronológica como únicos ejes explicativos. En este contexto, la enfermería ocupa una posición estratégica en la detección precoz, en la valoración geriátrica integral y la planificación de cuidados de las personas mayores, tanto en atención primaria como en el ámbito hospitalario y residencial.

Un estudio de cribado poblacional en una zona urbana española ilustra esta contribución. Un programa interdisciplinar liderado desde atención primaria permitió identificar deterioro cognitivo leve o demencia en aproximadamente un 10% de personas mayores inicialmente asintomáticas, apoyando la utilidad del cribado estructurado cuando se acompaña de circuitos claros de derivación y confirmación diagnóstica4.

Sin embargo, la extrapolación acrítica de estos hallazgos a un modelo de cribado universal y exclusivamente clínico resulta problemática, por lo que la proporción de falsos positivos, la carga de trabajo que genera sobre recursos ya tensionados y el riesgo de etiquetar prematuramente a personas con variaciones cognitivas aún reversibles obligan a situar el cribado dentro de estrategias más amplias de atención primaria orientadas al riesgo y a la equidad, y no como una respuesta autosuficiente. La visión centrada en el déficit, dominante en muchos dispositivos asistenciales, tiende además a invisibilizar los recursos personales, familiares y comunitarios que modulan la trayectoria del declive cognitivo y condicionan la experiencia subjetiva del envejecimiento.

Los programas comunitarios de promoción del bienestar aportan un contrapeso necesario a esta mirada deficitista, al demostrar que intervenciones no farmacológicas, diseñadas desde la lógica de los activos de salud, pueden mejorar tanto resultados clínicos como psicosociales en personas mayores que viven en la comunidad. Por otro lado, ensayos controlados sobre programas domiciliarios de exergaming indican que la participación en intervenciones estructuradas de actividad física mediada por tecnologías lúdicas mejora la función física, la eficacia frente a las caídas, los síntomas depresivos y distintos dominios de calidad de vida en adultos mayores, incluso cuando el deterioro cognitivo no constituye el criterio principal de inclusión21.

De forma complementaria, Lee21 muestra que distintas modalidades de intervención musical se asocian con mejoras en la función cognitiva en general, la fluidez verbal y funciones ejecutivas en vida en las personas mayores; incluso cuando el deterioro cognitivo no constituye el criterio principal de inclusión. mayores con deterioro cognitivo leve; si bien la heterogeneidad de las intervenciones y el riesgo de sesgo obligan a interpretar los resultados con cautela.

A pesar de esta diversidad, pueden identificarse claros puntos de convergencia entre el abordaje clínico y las aproximaciones comunitarias ya que ámbitos coinciden en la necesidad de intervenciones multicomponente que integren dimensiones físicas, cognitivas, emocionales y sociales, alejándose de programas monofocales centrados, por ejemplo, únicamente en el entrenamiento cognitivo o en el ejercicio físico. Igualmente, comparten la relevancia del involucramiento activo de las personas mayores, ya sea a través de la toma de decisiones compartida en consulta o mediante metodologías participativas, educación entre iguales y co-diseño de actividades en el espacio comunitario30. Esta participación no constituye un mero requisito ético o retórico, sino un mecanismo clave para adaptar las intervenciones a los significados que las personas atribuyen al envejecimiento, a la enfermedad y al cuidado.

La evidencia subraya también la centralidad del entorno en la configuración de riesgos y oportunidades para la salud cognitiva. Experiencias de programas domiciliarios de ejercicio supervisado a distancia, grupos de actividad física en centros comunitarios y propuestas culturales desarrolladas en residencias evidencian que hogar, barrio e instituciones pueden transformarse en escenarios promotores de salud cuando se articulan de manera coordinada recursos sanitarios, sociales y culturales31. En este sentido, la enfermería comunitaria, por su contacto continuado con los hogares y su conocimiento de los recursos de proximidad, se encuentra especialmente bien situada para actuar como bisagra entre los circuitos clínicos formales y los activos comunitarios informales.

No obstante, la integración entre ambos modelos no está exenta de tensiones. El paradigma clínico clásico, el cual está orientado a la identificación de patología y a la prevención de complicaciones, puede derivar en la patologización del envejecimiento y en la subordinación de la experiencia subjetiva a los marcadores biomédicos. Por el contrario, los enfoques comunitarios y salutogénicos enfatizan la capacidad de agencia, la resiliencia y el sentido de coherencia, corriendo el riesgo, si se aplican de forma acrítica, de minimizar situaciones de vulnerabilidad estructural o necesidades de atención especializada32. La construcción de marcos realmente integradores exige que la enfermería sea capaz de transitar entre ambos lenguajes, evitando tanto el reduccionismo biomédico como una exaltación ingenua de los activos comunitarios.

En términos metodológicos, la evidencia disponible presenta limitaciones que conviene reconocer para no sobredimensionar las conclusiones. Muchos ensayos y revisiones se basan en muestras reducidas, reclutadas en contextos urbanos y con personas relativamente motivadas y funcionalmente preservadas, lo que limita la generalización de los resultados a personas mayores con fragilidad avanzada, multimorbilidad o deterioro cognitivo moderado-grave33. La ausencia de seguimientos prolongados dificulta además valorar la persistencia de los efectos sobre trayectorias de declive cognitivo y sobre resultados duros como institucionalización o mortalidad. Por otro lado, las desigualdades de género, nivel socioeconómico, nivel educativo o pertenencia a minorías culturales rara vez se abordan de manera explícita en los análisis, a pesar de su relevancia para la equidad en salud cognitiva.

Las dificultades prácticas asociadas a la implementación y sostenibilidad de programas comunitarios intensivos constituyen otro elemento de fricción. La puesta en marcha de intervenciones grupales o domiciliarias requiere tiempo profesional, espacios accesibles, equipamiento y financiación estable, recursos que en los sistemas públicos suelen ser limitados y sujetos a proyectos de corta duración. La literatura sobre factibilidad señala problemas de reclutamiento, abandono temprano y baja adherencia, especialmente entre personas con movilidad reducida, polifarmacia o carga de cuidados21. A ello se suman barreras específicas para el uso de tecnologías digitales, como la brecha de acceso, la baja alfabetización digital o la desconfianza en herramientas tecnológicas, factores que deben ser considerados cuando se promueven intervenciones basadas en exergames u otras plataformas digitales.

A partir de este análisis, se perfila una agenda integradora para la enfermería en, al menos, cuatro líneas de acción complementarias. En primer lugar, consolidar el cribado y la valoración integral del riesgo de declive cognitivo en atención primaria, incorporando de forma rutinaria dimensiones de fragilidad física, estado de ánimo, calidad del sueño, apoyo social y estilo de vida, y articulando esta información con rutas claras de derivación a recursos clínicos especializados o comunitarios según el perfil de riesgo. La experiencia del cribado poblacional en consultas de atención primaria sugiere que los instrumentos breves, combinados de forma adecuada, pueden identificar subgrupos de mayor riesgo, siempre que estén acompañados de seguimiento longitudinal y de estrategias para evitar el sobrediagnóstico6.

En segundo lugar, resulta de especial relevancia el fortalecimiento de las competencias de las enfermeras en el diseño, la implementación y evaluación de intervenciones no farmacológicas multicomponente en diversos entornos. La evidencia sobre que el ejercicio, la estimulación cognitiva, las intervenciones musicales, la reminiscencia y las tecnologías asistivas apunta a beneficios potenciales sobre la función cognitiva, el estado de ánimo y la calidad de vida, aunque subraya la necesidad de diseños más robustos y comparaciones entre modalidades34. Todo esto implica incorporar en la formación de grado y posgrado contenidos de metodología de la investigación, ciencias del comportamiento, evaluación de programas y alfabetización digital, así como crear condiciones organizativas que permitan a las enfermeras participar en proyectos de innovación sin sobrecarga asistencial añadida.

En tercer lugar, impulsar el trabajo en red entre la enfermería comunitaria, los servicios sociales, las asociaciones de personas mayores y las entidades culturales, con la finalidad de co-crear programas de promoción del bienestar que respondan a las necesidades y preferencias de las personas mayores de cada territorio, respetando su diversidad cultural y socioeconómica23.

Cabe resaltar que la enfermería solo podrá responder adecuadamente al reto del declive cognitivo en la tercera edad si abandona la dicotomía entre lo “clínico” y lo “comunitario” y se posiciona como una profesión puente, capaz de integrar la precisión diagnóstica y la gestión del riesgo con la promoción de entornos y relaciones que sostengan la capacidad de las personas mayores para vivir con sentido, dignidad y participación en sus comunidades.

Para finalizar, es imprescindible promover la investigación liderada por enfermería sobre declive cognitivo y envejecimiento saludable, en particular estudios de implementación que evalúen la viabilidad, aceptabilidad, coste-efectividad y equidad de las intervenciones en entornos reales de práctica, así como el impacto sobre resultados centrados en la persona26.

Conclusiones

El declive cognitivo en la tercera edad emerge como un problema de salud pública de primera magnitud; el cual está estrechamente vinculado con la fragilidad, la dependencia, la institucionalización, la discapacidad y el deterioro de la calidad de vida de las personas mayores. Según Xue et al. (2023), la evidencia de estudios longitudinales y metaanálisis sobre fragilidad física, cognitiva y social indica que la combinación de vulnerabilidad física y deterioro cognitivo incrementa de forma significativa el riesgo de discapacidad, demencia, hospitalización y muerte, consolidando el declive cognitivo como un objetivo prioritario de prevención e intervención en la práctica de la enfermería.

Los resultados sintetizados según Tam et al.35 sitúan a la enfermería en una posición estratégica para articular respuestas integrales ante este fenómeno, tanto en el ámbito de la atención primaria como en el medio sociosanitario. La práctica enfermera se revela clave en el cribado sistemático de la fragilidad y del deterioro cognitivo, en la valoración geriátrica integral y en el diseño de planes de cuidados individualizados que integren las dimensiones física, cognitiva, emocional y social de la persona mayor. Asimismo, las intervenciones enfermeras multicomponente; las cuales combinan ejercicio físico, estimulación cognitiva, educación para la salud, apoyo psicosocial, entrenamiento en actividades de la vida diaria y uso de tecnologías asistivas han mostrado ser eficaces para mantener la funcionalidad, favorecer la autonomía, retrasar la institucionalización y mejorar la calidad de vida, especialmente cuando se implementan de manera prolongada y coordinada con otros recursos del sistema.

Al contrastar este enfoque clínico con las estrategias de promoción del bienestar en la tercera edad basadas en la educación para la salud y la acción comunitaria, se evidencia que la respuesta enfermera al declive cognitivo no puede circunscribirse al escenario asistencial clásico, sino que debe adoptar una perspectiva salutogénica que ponga el acento en los recursos, en las capacidades y en los activos de salud presentes en la comunidad. Desde esta óptica, la enfermería comunitaria se perfila como agente clave para fomentar la participación social, fortalecer el capital social, reducir el aislamiento y promover entornos que faciliten estilos de vida activos y cognitivamente estimulantes, especialmente en colectivos vulnerables como las personas mayores que viven solas o en barrios desfavorecidos. Las experiencias de programas comunitarios orientados a la promoción del envejecimiento saludable muestran que las intervenciones grupales participativas que integran actividad física, componentes educativos y espacios de encuentro social generan mejoras en la salud percibida, la autoeficacia, la alfabetización en salud y el bienestar, aspectos todos ellos estrechamente relacionados con el mantenimiento de la capacidad funcional y cognitiva. Integrar de forma coherente las perspectivas clínica y comunitaria requiere desarrollar marcos organizativos que reconozcan explícitamente el liderazgo enfermero en el diseño, implementación y evaluación de intervenciones complejas orientadas a prevenir o ralentizar el declive cognitivo26 Esto implica reforzar la formación avanzada en enfermería gerontológica, comunitaria y de salud pública; consolidar equipos interprofesionales y redes intersectoriales que vinculen servicios sanitarios, recursos sociales y organizaciones comunitarias; y dotar a las enfermeras de competencias para el uso crítico de tecnologías emergentes telemonitorización, aplicaciones digitales, plataformas de apoyo al autocuidado al servicio de la autonomía de las personas mayores.

Desde una perspectiva de salud pública, avanzar hacia una atención enfermera verdaderamente centrada en la persona exige incorporar de manera sistemática la voz y las preferencias de las personas mayores en la planificación, ejecución y evaluación de los programas, garantizando que las intervenciones sean culturalmente pertinentes, equitativas y sensibles a la diversidad de trayectorias de envejecimiento (Von Der Lühe et al., 2023). Solo a través de este enfoque integrado clínico, comunitario y participativo la enfermería podrá responder con calidad, rigor científico y justicia social al desafío del declive cognitivo en la tercera edad, contribuyendo de forma sustantiva a la sostenibilidad de los sistemas de cuidados y a la promoción de un envejecimiento verdaderamente saludable.

Financiación

El autor no ha recibido financiación o ayuda económica para la realización del estudio.

Conflictos de intereses

No existen conflictos de intereses.

Referencias

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