Tendencias de Enfermería 2(5) 2026
DOI: 10.56533/HFGZ2280
Autor para correspondencia: Isabel Rosa Galera Pérez
Correo electrónico: tendenciasdeenfermeria@sociedadcientificasanitaria.org
Link artículo: https://doi.org/10.56533/WCAN9836
DOI: 10.56533/WCAN9836
Editorial
La transformación digital ya no es una posibilidad futura para la enfermería, sino una realidad que atraviesa la práctica asistencial, la gestión de cuidados, la investigación, la docencia y la relación con las personas atendidas. La historia clínica electrónica, la teleasistencia, las aplicaciones móviles, los sistemas de monitorización remota, los dispositivos inteligentes y, más recientemente, la inteligencia artificial, están modificando la forma en que se recoge información, se toman decisiones y se organiza la atención sanitaria. En este contexto, la enfermería no puede quedar situada como una profesión meramente usuaria de tecnologías diseñadas por otros, sino que debe ocupar un lugar activo en su desarrollo, evaluación e implantación.
La digitalización sanitaria ha aportado oportunidades evidentes. Permite mejorar la continuidad asistencial, facilitar el seguimiento de pacientes crónicos, registrar cuidados de forma más estructurada, detectar riesgos con mayor rapidez y favorecer la coordinación entre niveles asistenciales. En ámbitos como la atención primaria, la hospitalización, los cuidados críticos, la salud mental o la atención sociosanitaria, las herramientas digitales pueden contribuir a una asistencia más segura, personalizada y eficiente. Sin embargo, estas ventajas no se alcanzan de manera automática. Una tecnología mal integrada puede aumentar la carga administrativa, fragmentar la comunicación, generar dependencia de sistemas poco intuitivos o desplazar tiempo de cuidado directo hacia tareas de registro.
La inteligencia artificial introduce un cambio todavía más profundo. Su capacidad para analizar grandes volúmenes de datos, identificar patrones, generar alertas clínicas o apoyar procesos de decisión abre posibilidades importantes para la práctica enfermera. Puede ayudar a anticipar el riesgo de caídas, úlceras por presión, deterioro clínico, reingresos o falta de adherencia terapéutica. También puede favorecer la planificación de recursos, la priorización de intervenciones y la detección temprana de necesidades en pacientes vulnerables. No obstante, la IA no debe entenderse como una sustitución del juicio clínico enfermero, sino como una herramienta de apoyo que necesita supervisión profesional, criterio ético y contextualización asistencial.
El cuidado enfermero no se reduce a datos. La valoración de una persona incluye signos clínicos, antecedentes, respuestas humanas, emociones, contexto familiar, barreras sociales, creencias, expectativas y capacidad de autocuidado. Muchos de estos elementos son difíciles de traducir a algoritmos. Por ello, la incorporación de IA a la enfermería debe evitar una visión tecnocéntrica de la asistencia. La calidad del cuidado depende también de la presencia, la escucha, la comunicación, la educación sanitaria y la relación terapéutica. La tecnología puede facilitar estos procesos, pero no debe empobrecerlos ni convertir el cuidado en una sucesión de indicadores despersonalizados.
Uno de los principales retos se encuentra en la participación enfermera en el diseño de las herramientas digitales. Con frecuencia, los sistemas se implantan sin haber contado suficientemente con quienes los utilizan a diario. Esto provoca pantallas poco adaptadas al flujo real de trabajo, duplicidad de registros, categorías que no reflejan bien los cuidados y dificultades para extraer información útil. La enfermería debe estar presente desde las fases iniciales de diseño, pilotaje y evaluación, porque conoce de forma directa las necesidades del paciente, la organización del cuidado y los problemas cotidianos de los servicios. Sin esta participación, la digitalización corre el riesgo de convertirse en una carga añadida en lugar de una mejora real.
También es necesario reforzar la formación digital de las enfermeras. No se trata solo de aprender a manejar programas informáticos, sino de comprender los principios básicos de la gestión de datos, la seguridad de la información, la interpretación crítica de alertas automatizadas, la privacidad, la protección de datos y los sesgos algorítmicos. Una alerta generada por IA puede ser útil, pero también puede equivocarse, reproducir desigualdades o basarse en datos incompletos. Por eso, la competencia digital enfermera debe incluir una mirada crítica, ética y clínica, no únicamente instrumental.
La equidad constituye otro aspecto central. La digitalización puede acercar la atención a personas con dificultades de movilidad, zonas rurales o pacientes con necesidades de seguimiento frecuente. Pero también puede ampliar desigualdades si deja atrás a quienes tienen menor alfabetización digital, problemas económicos, barreras idiomáticas, deterioro cognitivo o falta de acceso a dispositivos. La enfermería, por su cercanía a la población, tiene un papel esencial para identificar estas brechas y garantizar que la innovación tecnológica no excluya precisamente a quienes más necesitan cuidados.
En este nuevo escenario, la revista Tendencias de Enfermería abre un espacio necesario para reflexionar sobre el papel de la profesión ante la transformación digital. No basta con incorporar tecnología al sistema sanitario; es imprescindible preguntarse para qué se usa, a quién beneficia, qué riesgos introduce y cómo modifica la relación de cuidado. La enfermería debe liderar esta conversación desde su conocimiento práctico, científico y ético. La digitalización será realmente útil si permite cuidar mejor, decidir con más seguridad, acompañar con más continuidad y liberar tiempo para aquello que sigue siendo insustituible: la atención humana.
Isabel Rosa Galera Pérez
Directora
