Tendencias de Enfermería 1(3) 2025

DOI: 10.56533/AXHI4529

https://doi.org/10.56533/AXHI4529

Editorial

La velocidad a la que cambia la práctica sanitaria hace que el conocimiento caduque antes de lo que dura un plan estratégico. Protocolos, tecnologías, modelos de atención y expectativas de los pacientes evolucionan sin tregua. En ese contexto, la formación continua no es un lujo ni un complemento: es la columna vertebral que sostiene la seguridad, la calidad y la dignidad del cuidado profesional.

La enfermería y las profesiones aliadas cargan hoy con responsabilidades clínicas y de gestión que hace una década eran inimaginables. El despliegue de la salud digital, la expansión de la atención comunitaria, la cronicidad compleja, la soledad no deseada y la irrupción de la inteligencia artificial reformulan decisiones diarias: triage asistido por algoritmos, monitorización remota, educación para la salud personalizada, conciliación terapéutica en entornos fragmentados, comunicación con familias a distancia. Sin una actualización permanente, el buen juicio clínico pierde terreno frente a inercias y atajos que multiplican riesgos.

La formación continua no debe limitarse a “cursos sueltos”. Exige una arquitectura deliberada de desarrollo profesional continuo: diagnóstico de necesidades, objetivos medibles, itinerarios flexibles, evaluación de resultados y retorno claro para el paciente y la organización. Necesita, además, atravesar todos los dominios de la competencia: conocimientos clínicos, habilidades técnicas, comunicación, trabajo en equipo, liderazgo, ética, seguridad del paciente, alfabetización digital y capacidad de mejora. Del mismo modo, ha de integrar la perspectiva interprofesional: enfermería, fisioterapia, terapia ocupacional, podología, dietética, técnicos superiores y TCAE comparten escenarios y objetivos que sólo se alcanzan si se aprende juntos y se ensaya la coordinación en entornos seguros.

Hay, sin embargo, barreras persistentes: turnos imprevisibles, plantillas ajustadas, costes, inequidades territoriales, una oferta formativa poco conectada con la realidad asistencial y escasa cultura de evaluación. La respuesta debe ser sistémica. Se necesita tiempo protegido para aprender, reconocido en agendas y ratios; incentivos vinculados a competencias y resultados, no únicamente a horas cursadas; alianzas con universidades y colegios profesionales para acreditar microcredenciales útiles; simulación clínica de alta y baja fidelidad para entrenar procedimientos, comunicación crítica y toma de decisiones; y comunidades de práctica que transformen la formación en aprendizaje entre iguales y mejora continua.

La transformación digital abre una oportunidad: aprendizaje híbrido, microlearning, módulos asincrónicos y herramientas que permiten llevar el aula al puesto de trabajo. Pero digital no equivale a deshumanizado. El acompañamiento tutorial, la reflexión guiada y el feedback estructurado siguen siendo la piedra angular del crecimiento profesional. La simulación con debriefing, la revisión entre pares y las sesiones de morbi-mortalidad orientadas a sistemas —no a culpables— enseñan más que cualquier paquete de diapositivas.

Formarse es también desaprender. Desaprender prácticas heredadas que no aportan valor, sesgos que invisibilizan el dolor o la diversidad, jerarquías que obstaculizan el trabajo en equipo, y rituales que consumen tiempo sin mejorar resultados. La cultura justa, la notificación de incidentes y el pensamiento crítico son contenidos formativos tanto como la ventilación no invasiva o el manejo de heridas complejas.

Autor para correspondencia: Isabel Rosa Galera Pérez
Correo electrónico: tendenciasdeenfermeria@sociedadcientificasanitaria.org
Link artículo: https://doi.org/10.56533/VUQJ2273
DOI: 10.56533/VUQJ2273

Resulta imprescindible medir el impacto. No basta con contar diplomas. La inversión en formación se justifica cuando reduce eventos adversos, mejora la experiencia del paciente y de la familia, acorta estancias, optimiza recursos y fortalece el compromiso profesional. Las organizaciones deben incorporar indicadores y revisarlos con transparencia: adherencia a protocolos, calidad del registro, continuidad de cuidados, escalas de dolor bien utilizadas, educación efectiva que cambia conductas en casa. Lo que no se mide se diluye; lo que se comparte se consolida.

Para los profesionales jóvenes, la formación continua define la identidad: pasar de “hacer” a “razonar y liderar”. Para quienes cuentan con décadas de experiencia, es el puente que conecta sabiduría práctica con conocimiento emergente. Juntos, en equipos interprofesionales, el aprendizaje continuo construye resiliencia: capacidad de anticipar, absorber y adaptarse sin perder el norte ético del cuidado.

Conviene, por último, un compromiso institucional claro: cada servicio con su plan anual de competencias; cada profesional con un portafolio vivo que refleje lo aprendido, cómo se aplica y qué resultados produce; cada dirección con un presupuesto estable y una política de tiempo protegido; cada colegio profesional con estándares y acreditación rigurosa; y cada universidad con pasarelas reales entre la evidencia y la práctica.

El futuro no se “predice” con tecnología, se construye con personas que aprenden. Asegurar la formación continua de la enfermería y de las profesiones aliadas es asegurar el derecho ciudadano a ser cuidado con ciencia, humanidad y seguridad. Todo lo demás —la innovación, los dispositivos, las plataformas— sólo cobra sentido si hay manos y cabezas bien formadas capaces de convertirlo en salud.

Isabel Rosa Galera Pérez

Directora